Un líder que me escribió vive cerca de una iglesia muy conocida a nivel internacional. Muchos de los músicos del equipo quieren imitar el sonido y el estilo musical de esa iglesia.
“¿Cómo puedo enseñar al equipo de música a buscar y reconocer el corazón de Dios para nosotros? ¿Cómo los animo a seguir el plan específico de Dios para nosotros y ayudarlos a ver que eso puede no parecerse a lo que esperamos?” Esto es lo que querría decirle al grupo de músicos de ese líder:
El plan específico de Dios para cada iglesia es que proclamemos con nuestras vidas y nuestras palabras las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable (1 Pedro 2:9). A veces eso significa que imitaremos a otros.
La imitación en sí misma no es algo malo. El autor de Hebreos nos anima a imitar la fe de nuestros líderes (Hebreos 13:7). Pablo animó a los filipenses a poner en práctica “…lo que también han aprendido, recibido, oído y visto en mí” (Filipenses 4:9). A otros les dijo simplemente: “Sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo” (1 Corintios 11:1). Felicitó a los tesalonicenses por imitar a las iglesias de Dios en Judea. Sin embargo, no hablaba de un estilo musical. Ellos seguían el ejemplo de los cristianos judeanos al soportar el sufrimiento por causa del Evangelio (1 Tesalonicenses 2:13-14).
Para que la imitación dé buen fruto, necesitamos imitar las cosas correctas, de las personas correctas, por las razones correctas.
En el caso de dirigir la adoración congregacional, definitivamente hay cosas que debemos imitar. Es correcto imitar la preparación diligente, el liderazgo humilde y la planificación sabia. Deberíamos imitar la pasión por la Palabra de Dios, el compromiso con el Evangelio y el amor por la iglesia de Dios. También podríamos imitar la manera en que alguien escucha y responde al Espíritu de Dios durante el curso de una reunión. Cada vez que veo a Matt Redman dirigir un grupo en alabanza a Dios, me impacta la manera en que usa los espacios entre canciones. Repite líneas, canta nuevas, o simplemente espera, todo para hacernos más conscientes de lo que estamos cantando y de Aquel a quien le cantamos.
Sin embargo, es posible que imitemos características más externas o superficiales y pensemos que eso tendrá un impacto profundo en la manera en que dirigimos. La entonación vocal, los movimientos físicos, el estilo de vestimenta, el equipo técnico o el sonido musical contribuyen a la calidad de nuestro liderazgo, pero ninguno de ellos constituye un cambio sustancial. Podemos tener todo eso en orden, y aun así perder lo más importante: exaltar el valor de Dios y la obra redentora de Cristo.
También necesitamos imitar a las personas correctas. ¿Aquellos a quienes queremos emular están viviendo vidas dignas del Evangelio? ¿Son cristianos maduros? ¿El efecto de su liderazgo es una mayor pasión por Jesucristo y Su Palabra, o simplemente más entusiasmo por un estilo, una forma o un evento? ¿Qué nos impresiona más: su personalidad exuberante o su fidelidad silenciosa?
Esto nos lleva a una tercera pregunta: ¿Por qué quiero imitar a otra iglesia? ¿Me impacta la forma en que puedo ver a Cristo con tanta claridad en ellos? ¿Quiero imitar su sumisión humilde y devoción a la Palabra de Dios? ¿Me impresiona el fruto de su ministerio: personas confiando en Dios, siguiendo a Cristo y sirviéndole con alegría? ¿O simplemente quiero ser tan exitoso, popular y conocido como ellos? A veces es difícil notar la diferencia. Pero si queremos honrar a Dios, necesitamos aprender a discernir qué hay detrás de nuestro deseo de ser como alguien más.
Estoy bastante seguro de que a Dios no le preocupa demasiado si sonamos o no como la iglesia de la vuelta de la esquina o el último álbum de adoración. Lo que sí le importa es si nuestras reuniones nos hacen crecer en amor por Él, valorar el Evangelio, obedecer Su Palabra y depender de Su Espíritu.
Nuestra meta al reunirnos es proclamar, exaltar y atesorar todo lo que Dios es para nosotros en Jesucristo. Una vez que comprendemos eso, somos libres de imitar muchos estilos musicales, formas litúrgicas y herramientas tecnológicas para ayudarnos a cumplir esa meta. Esa es la clase correcta de imitación, y una que agrada a Dios.
*Originalmente publicado por Bob Kauflin en worshipmatters.com