He proclamado buenas nuevas de justicia en la gran congregación; no refrené mis labios, oh Señor, Tú lo sabes. No escondí Tu justicia dentro de mi corazón; proclamé Tu fidelidad y Tu salvación. No oculté Tu misericordia ni Tu fidelidad a la gran congregación. (Salmo 40:9-10 NBLA)
En estos dos versículos, David modela una alabanza entusiasta, específica y comunitaria. “He proclamado… no refrené… no escondí… proclamé… no oculté.” Dios ha librado a David del pozo de la destrucción y ha puesto un cántico nuevo en su boca (Sal. 40:1-3). Ahora, David está decidido a cantar esa canción con pasión. La impresión que transmite es que nada lo detendrá de declarar lo que Dios ha hecho. David no está esperando a que una experiencia de adoración lo inspire, lo conmueva o lo impresione. Ya está impresionado. No necesita calentarse para adorar. Su corazón rebosa de aclamaciones verbales de alabanza y exaltación. No se contendrá. Pero, ¿qué es lo que tanto desea declarar? “Justicia… Tu justicia… Tu fidelidad y Tu salvación… Tu misericordia y Tu fidelidad.”
¿De qué fue librado David? No lo sabemos. Pero eso nos permite aplicar esta misma verdad de incontables formas a nuestras propias situaciones. Probablemente no necesitas retroceder mucho para recordar una prueba, desafío o dificultad de la que Dios, en Su misericordia, te sacó. Tal vez encontraste una solución repentina a un conflicto relacional. Quizás Dios te liberó de un pecado persistente. Sea cual sea el caso, fue una muestra de la fidelidad y la misericordia constante de Dios. Y aun si todavía te encuentras en una temporada difícil, la salvación que Dios nos ha dado en el Salvador lo hace digno de nuestras alabanzas eternas.
Pero el dulce salmista de Israel no se conforma con alabar a Dios a solas. Exalta las obras de Dios: “en la gran congregación… en la gran congregación.” Este es uno de los muchos lugares en los Salmos donde queda claro que adorar a Dios es mucho más que tener una conexión privada con Jesús. Dios quiere habitar en medio de Su pueblo, no solo conmigo. Una señal de que Dios verdaderamente ha obrado en mi vida es el deseo de proclamar Su gloria a otros y con otros que Él también ha redimido. “La gran congregación” tal vez no suene tan bien como mi iPod, pero la alabanza no puede permanecer solitaria. “Bendeciré al Señor,” siempre nos llevará a “exaltemos a una Su nombre.” (Sal. 34:1-3 NBLA)
Un día, mientras meditaba en este salmo, de repente entendí por qué David no quería “refrenar sus labios” para declarar la grandeza de Dios. Está en el siguiente versículo:“Tú, Señor, no retendrás Tu compasión de mí; Tu misericordia y Tu fidelidad me guardarán siempre.” (Salmo 40:11 NBLA) Qué asombroso es considerar que el Dios cuya santidad debería llevarlo a derramar sin reservas Su ira sobre mi pecado, ha decidido, en cambio, derramar sin reservas Su misericordia. Como los millones de litros de agua que caen sin cesar en las Cataratas del Niágara, la bondad de Dios inunda mi vida cada día. ¿Cómo podría quedarme en silencio?
*Originalmente publicado por Bob Kauflin en worshipmatters.com
